Cuando yo era chico era más bueno que el pan. Tímido, callado y hasta vergonzoso, cuando no estaba entre amigos solía pasar las horas en un mundo de fantasía -como otros niños, supongo- en el cual imperaba la justicia y donde no había lugar para el mal. En el colegio lustré siempre el banco de la primera fila, pasando por tranquilo una existencia anodina a pesar de las excelentes calificaciones y el mejor comportamiento. Es que entonces eran los revoltosos e incorregibles los que gozaban de la simpatía y el liderazgo sobre el resto, y muchas veces hasta de los favores de algunos maestros. Una circunstancia que pude cambiar -finalmente- en mi adolescencia, luciéndome en otras artes que no vienen a cuento. Ahora soy un poquito más desenvuelto, claro.
A mis siete pesaba yo, justamente, veintisiete kilos. Y de ahí no salía, por más que mis padres se esforzaran por inducirme a ingestas proteicas y el pediatra insuflara vitamínicos compuestos en mi organismo. La chusma, entonces, gustaba decir que las amígdalas eran la causa de semejante estado, aunque confieso que debilucho no me sentía, al menos no lo recuerdo y ojalá hoy pudiera lucir la silueta sombría de aquéllos primeros años. Así, entre bocado y bocado, me zampaban unas ampolletas de fósforo y hierro cuya repugnancia me obligaba a esputarlas en la maceta que tuviera más cerca cuando mis progenitores no lo notaban. Eran tiempos de enfermedades dignas, menos complejas que las de este milenio. Uno tenía el sarampión, la rubeola, las paperas, la varicela, y llenabas la cartilla cumpliendo una misión. Males pasajeros que las pobres criaturas sufríamos con estoicismo y paciencia mientras nos colmaban con maternales cuidados y algún que otro premio resarcitorio ante tanto padecimiento. Los inviernos, recuerdo, eran crudos y hostiles; soportarlos en pantalones cortos, aún con medias de tres cuartos de lana y los gruesos Gomicuer, no era sino para los bravos de espíritu. No había cabida para los flojos mientras esperabas en la puerta de casa el micro al colegio, con la escarcha espejando en los cordones y una niebla lóbrega que se te colaba en las orejas.
De golpe, y pese a tantas vitaminas me ligué de rebote la tos convulsa, que supongo sería tal por las convulsiones y contorsiones que me provocaba. Gracias a Dios, decía la chusma, no era el "falso krupp", el mal tan temido por los viejos. En consecuencia, el médico decidió arreglarme de una buena vez y tras el tratamiento específico me ataron como a un matambre, me rociaron el garguero con un frío y lacerante spray, me inmovilizaron las mandíbulas e introduciendo en mi boca unas gruesas y pulcras pinzas de acero impecable –en tanto una enfermera me abrazaba en toda mi desdichada complexión- me extirparon las amígdalas y chau picho, adiós problemas. Despejado el túnel, los alimentos encontraron un canal dúctil y de fácil acceso hacia la procesadora, y así bajaron pucheros, potajes, guisos, asados, empanadas gallegas, carnes rojas y blancas, escabeches de corvina, bacalaos, pulpos, calamares, pastas, pollos y... la lista sería muy larga y aún no almorcé, no es momento. Había que recomponer al niño, que no era bueno que llegara a la comunión con veintisiete kilos, esmirriado y falto de sustancia, poco presentable ante Dios en su primera entrega. Y para ello qué mejor que el campo, respirar el aire limpio del verano que llegaba, gozar de amaneceres tempranos plenos de rocío y de sol.
Allá en la quinta de mis tíos, por aquéllas épocas no había luz y mucho menos tele, claro. La internet ni siquiera estaba en ciernes y lo que más asombraba era “Viaje al Fondo del Mar” o “El Túnel del Tiempo”. En la quinta la única diversión consistía en descular hormigas con la lupa, mientras ellas trazaban hacendosos senderos entre los almácigos de radicheta, lechuga morada, tomatinas y aucauciles. Trepar al eucalipto gigante -al menos para mí lo era- y avistar el más allá, donde se extendía el vasto vivero de los japoneses y en los días diáfanos hasta podía verse la ruta. Bombear el agua clara y fría del pozo, que te empañaba el vaso y salir a colectar bosta seca para espantar a los mosquitos en la noche. Yo era más bueno que el pan, y así soportaba las duras tostadas que Flora ponía en la mesa, con jalea de membrillo o el Kero -que no había las mermeladas artesanales que ahora tenemos en casa-, y tomaba el Nescafé con leche condensada y el mixto de naranja y pomelo salvajes que me endulzaban con azúcar refinería. Qué épocas oscuras!. Eran los tiempos del jabón en polvo verde y el papel higiénico áspero y gris, tiempos de David Copperfield para los varones y Mujercitas para las niñas. Tiempos de ciruelas rojas, uvas "red globe" que aún no se llamaban así, nísperos y membrillos. Un mes y medio de ingestas varias que me condujeron raudamente a los treinta y tres kilos que, amenizados por la vida sana y la actividad campestre, me rescataron del humillante estado en el que me encontraba.
El tío, un gallego más bruto y noble que un buey, cumplía una rutina estricta. De sol a sol no había nada que no pasara por sus manos rudas y peludas. Pala, azada, zapín y rastrillo, se la pasaba todo el día desbrozando terrones, plantando semillas y explotando el vergel donde yo daba rienda suelta a mis fantasías. El almuerzo era un rito y la siesta también, desde luego. Costumbre de la que yo estaba exento, por fortuna y debido al tratamiento, y porque además la noche caía rápido y no habiendo mucho qué hacer entre la cena y la cama había un corto lapso. Pero no todo era rutina, claro. Los polacos de la quinta de allá abajo, que solo tenían frutales y flores, venían por las noches transitando entre los pastizales con un farol en ristre para jugar con mis tíos a la escoba, al tute, al truco, y otros juegos de barajas que solo ellos entendían. Iván y Magdalena contaban anécdotas de la segunda guerra que los hizo escapar en su juventud para recalar en estas tierras. Ellos eran, por sí solos, todo un entretenimiento mientras jugaban y compartían el café, una copita de cognac los hombres y otra de licor las mujeres, en premio a la dura tarea del día.
Si a esta altura no entendieron Uds. que yo era más bueno que el pan y más sufrido que el agua para los fideos mejor que no sigan leyendo. Cumplía los mismos horarios, levantándome con el sol a medias para empezar un día que ningún chico de hoy estaría dispuesto a sacrificar, claro. Cuando el tío se ocupaba de las hormigas tocaba tiempo de diversión y puro entretenimiento. Tenía él una infernal máquina a la que daba bomba y bomba para meter una manguera con no sé qué abominable gas en las bocas de los hormigueros. Entonces las rojizas huestes salían retorciéndose, pataleando y agitándose para agonizar entre estertores y convulsiones, ocasión que aprovechaba yo para pasarles por encima con mi rayo estelar -sol y lupa mediante- liberándoles así del tremendo sufrimiento. Cuando no, me dedicaba a los insectos, estudiando su comportamiento y haciéndome de algunas mascotas que solía guardar en cajas de fósforos vacías. A mi tía le encantaban, sobre todo cuando las encontraba bajo su almohada.
Aquélla tarde de siesta, el sol pegaba duro y la canícula era atroz. El viejo me había confeccionado un tirachinas -la vulgar gomera autóctona- y la quietud de la tarde invitaba al estreno. Allá arriba, en la copa del eucaliptus asomaba el globo de barro del nido de un hornero. Hacía días que lo estudiaba, viéndole ir venir, y decidí sorprenderlo para dar fin a su laboriosa existencia. Pero yo era más bueno que el pan, y en mi infantil ingenuidad no estaba bien que la criatura sufriera por mi aburrimiento. Aún así, trepé y trepé hasta llegar casi a tocar el nido con las manos. La altura, unos ocho metros, era para mí como emular a Juanito y las Habichuelas, imaginando que ahí -en el pequeño palacio de barro- residía el gigante a quien daría fin con una tremenda pedrada y de un solo hondazo. La "piedra" que yo llevaba en los bolsillos de mi pantaloncito corto, color caqui con tiradores, era una bolita de rulemán, brillante como una luna. El tío me había dicho que semejante esfera podría bien atravesar la cabeza de un gallo. Los gallos no me gustaban, pero no había gallinero, así que el hornero se ajustaba mejor a mis planes.
Ya sentado en una horqueta del añoso árbol, me apoltroné cómodamente y apoyé la espalda en una gruesa rama. Asegurado firmemente daría el estoque fatal al pájaro con un rápido y certero disparo que no le haría sufrir, porque aún me daba pena y no quería que el ave tuviera una lenta agonía sino un fulminante final. Sobre la media siesta el calor me sofocaba pese al amparo de las hojas que rozaban mi cabeza descubierta. Mientras esperaba que el chucho asomara del nido, pestañeando para evitar las gotas de sudor que caían de mi frente, desde el alto podía ver la quinta lindera de Santos, un amigo del tío, y la casa colonial que -con muy buen gusto- lucía amplias arcadas vidriadas. Yo solía preguntarme porqué la casa de Francisco Santos era más linda que la de mi tío y porqué Gustavo -el hijo mayor- tenía un potrillo al que torturaba permanentemente con una fusta. Ellos solían ir algún que otro fin de semana, no siempre, y ahora la casa sola lucía dormida al sol de la tarde.
El hornero no salía y yo –impaciente y desilusionado- ya evaluaba la mejor forma de bajar a tierra, pero de repente el ave llegó, posándose en la entrada del nido y meneando insolentemente su cola. Con la lengua entre los dientes, el ojo izquierdo cerrado y atinando con el derecho, tensé la goma con mi mano derecha más allá de mi cabeza, apuntando mientras el pulso ingobernable amenazaba con errar mi tiro al tiempo que unas cabecitas salían por el pórtico boqueando y chillando frente al pajarraco. Pichones, por Dios. El nido albergaba pichones y la madre volvía a alimentarlos. Yo era más bueno que el pan, las tostadas y la leche condensada de mi tía, matar al pájaro sería criminal, me dije. Mirando por dónde bajar, me prometí buscar un sapo a la noche para hacerle tragar la munición vacante de un hondazo; con eso haría mi bautismo de fuego. Un tramo más abajo un resplandor me dió de lleno en los ojos y casi trastabillo al tropezar con una rama; semejante caída podría haber sido mi fin. La arcada de la quinta lindera, con un ventanal de casi dos metros, era un sol de fuego reflejado en el cristal límpido que me cegaba. En un rápido gesto me afirmé, tensé la honda imaginando un combate con dragones refulgentes. Tensé, tensé y estiré a más no poder... y la metálica munición salió veloz, zumbando en busca de su destino, impactando de lleno en el cristal que, en cámara lenta, se fue quebrando y esparciéndose en añicos, desmoronándose en cientos de reflejos que ahora herían mis ojos absortos. Las voces de mis tíos, despiertos por semejante estrépito llegaron a mis oídos, buscándome preocupados. Allí entre el follaje me agazapé en silencio mientras los polacos también miraban a la quinta lindera sin entender qué había pasado. Bajé a la media hora, cuando el alboroto se había calmado, y en un rápido pase oculté mi poderosa arma en el cuarto de las herramientas, silbando bajito.
Por fortuna nadie había sospechado de un chico tan juicioso y prudente y con los días la arcada volvió a lucir otro cristal esplendoroso. Francisco Santos se enteró por los polacos y una tarde vino con dos tipos de mameluco que trajinaron arduamente hasta terminar el arreglo. Aquélla tarde yo había dejado de ser más bueno que el pan porque había cometido mi pequeño delito. En los días que siguieron no volví a tocar el atroz adminículo, pero confieso que estaba bastante tentado por el estímulo que la adrenalina me había dejado. A veces, por las noches, esperaba a que los sapos se acercaran a la luz de la casa y me juraba que los haría saltar con otra munición. A veces, durante la cena, creía ver en los ojos de mi tío una mirada cómplice.
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